Como os conté en el artículo anterior, el día de nuestra llegada fue el día que aprovechamos para conocer el famoso Círculo Dorado de Islandia.
Con el GPS puesto, salimos del aeropuerto. Parece que va a hacer un día tranquilo, algo de nubes y poco frío -rondaríamos los 12 grados. Eso a ojo, porque el cacharro que nos dieron de alquiler no tenía ni reloj de temperatura-.
Son unas dos horas de coche desde Reykjavik, pero que se pasan en un pispás entreviendo lo que nos vamos a encontrar en Islandia: Naturaleza salvaje en estado puro.
Y otro factor importante: El tiempo.
Cada 15 minutos pasábamos de tener sol a estar nublado, para seguidamente volver a tener sol y luego empezar a llover.
A medida que nos acercábamos a Gullfoss, el día empeoraba. Ya había más intervalos entre nublado y lluvia que entre sol y lluvia. Nos empezamos a temer que nos íbamos a encontrar con lluvia brutal -por ratos era torrencial- cuando llegáramos.
Gullfoss
Cuando el GPS nos indica la zona de parking -que se ve perfectamente-, llovía.
No de una manera brutal, pero sí de manera muy parecida a como llueve en Galicia: Fina, pero constante.
Nos ponemos las chaquetas impermeables -imprescindible en este país, junto al pantalón de agua y las botas- y salimos.
Hay una buena cantidad de coches -donde las Dacia Duster son legión-, 2 o 3 autobuses grandes y alguno más pequeño. Además, unas 3 o 4 furgonetas preparadas para caminos… Son increíblemente grandes estas bichas… Ya más adelante me di cuenta del porqué.
Al abrir la puerta del coche ya escuchas el rugido del agua. Me sorprende que se escuche tanto sin tenerla a la vista.
Caminamos hacia ella y nos encontramos con 2 caminos: uno conduce a la cascada y otro a un mirador cerca de un parking preparado para acceso a personas con minusvalía.
Decidimos ir primero al mirador y… ¡oh! ¡Pero qué pedazo de cascada!

Cae en 2 partes, pero la cantidad -y fuerza- con la que cae producen una niebla brutal que cruza justo por el camino que hay al mirador cercano a la caída.
«Ahí te empapas», pienso. Y efectivamente es así.
Después de sacar las fotos respectivas -secando cada 10 segundos el objetivo-, nos acercamos a la cascada.
Al pasar por la cortina de agua que genera, damos las gracias a la chaqueta con capucha… Y nos lamentamos de no haber puesto los pantalones de agua.
Llegamos al mirador que te lleva justo a donde está la caída principal. Impresiona la cantidad de agua, de verdad.
De vuelta nos paramos a leer algo de la historia de la cascada.
Los terrenos donde se ubica eran propiedad privada hasta mediados del siglo 20 y quisieron hacer una central hidroeléctrica en ella -no me extraña-, pero una mujer -Sigríður Tómasdóttir- realizó campañas para que no fuera así, amenazando incluso con tirarse a ella.
Al final, esto no fue adelante y los terrenos terminaron pasando al gobierno y convirtiéndolo en un sitio natural protegido.
Tras pasar por la tienda de souvenirs que hay al lado de la cascada, donde constatamos que la comida -y todo en general- es CARÍSIMA, nos dirigimos al coche.
Zona Geotermal de Haukadalur
Los sentimientos eran un poco encontrados porque nos temíamos que el día -y el viaje entero- fuera a ser como ese día: Gris y lluvioso.
Pero a medida que nos acercábamos al campo geotermal de Haukadalur el día iba variando… Y cada vez había más sol.
El dicho islandés de «si no te gusta el tiempo, espera 5 minutos» os puedo asegurar que es verdad.
Cuando estábamos ya cerca de la zona geotermal, empezamos a notar el olor característico a huevo cocido -más que a podrido-.
Apenas entramos en el aparcamiento, vemos un chorro de agua salir disparado.
«¡Ostras, que nos lo perdimos!»
Nos ponemos las chaquetas, cogemos la cámara y vamos a visitar la zona.
Es como caminar en Marte. Los colores vivos del agua de algunas pozas, el olor y ver salir humo de la tierra sorprenden un montón. Nunca había visto nada parecido.
Geysir

Nos acercamos al géiser principal y por el que se llaman géiseres a todos en el mundo: Geysir.
Resulta que Geysir ya no expulsa agua. La última vez fue en el año 2000 después de un terremoto , pero la potencia parece ser que fue algo bestia: 120 metros de altura.
Se cuentan muchas historias del porqué ya no expulsa agua. Entre ellas que se ha taponado por la cantidad de mierda cosas que la gente ha tirado a su interior… Así como que dentro se cayó una niña y su cuerpo es lo que impide que salga más… Historias para no dormir, versión islandesa.
Tras sacar alguna foto a la zona -porque aunque no expulse agua, la zona sigue caliente y echa vapor-, caminamos por el campo geotermal mientras nos damos cuenta que otro géiser sí está expulsando agua cada cierto tiempo -el que vimos desde la carretera-.
Tras pasear un rato por la zona -donde puedes subir hasta un pequeño mirador donde ves todo el campo-, bajamos a ver la atracción principal. Sólo era cuestión de esperar para sacar alguna foto.
Y a eso nos dedicamos. Esperar.
Strokkur
Aunque la potencia no es brutal -alrededor de 20 metros- lo que más llama la atención es la regularidad con la que lo hace. Entre 4 y 8 minutos.
Es sin duda la mayor atracción de la zona y ahí nos apostamos nosotros -como el 80% de los turistas que estaban- para sacar «la foto».
La verdad es que poco esperamos. En cuestión de 15 minutos lo vimos expulsar agua 3 veces.

Tras sacar las fotos correspondientes y caminar un poco por la zona, decidimos volver al coche para cerrar el Círculo Dorado con la visita a la última parada…
Parque Nacional de Thingvellir -Þingvellir National Park–
El día terminó abriendo definitivamente. Y tras llegar al parking, vamos a pagarlo.
Tanto el Gullfoss como en la zona geotermal donde está Geysir el aparcamiento es gratuito, pero no es así en el Thingvellir.
El precio no es alto y es por todo el día -ronda los 6 euros-, pero no te permite fraccionar. Si estás media hora o 10 da igual, pagas lo mismo.
Hay unas máquinas en la entrada de los baños que, metiendo la matrícula del coche -donde sale reflejado el modelo del coche-, te permite pagar con tarjeta.
Pagado el parking, toca pasear por el parque y lo primero que hacemos es acercarnos a un mirador.
«Es como una postal», pienso.

A la vista, la casa de verano del primer ministro islandés.
Teníamos sol y justo a la hora «buena» de sacar fotos. Así que a poco que te lucieras, quedaban espectaculares.
Hay muchas rutas de senderismo para hacer, pero nosotros no tenemos mucho tiempo, así que le dedicamos unas 2 horas y poco a caminar sin rumbo fijo. Teníamos anotadas 2 cosas para ver y fue lo que hicimos… Además de ir a visitar una tercera.
Un poco de historia
En Thingvellir se constituyó el primer parlamento del mundo.
Si, así de claro.
Alþingi es el nombre del parlamento nacional de Islandia y fue fundado en una explanada de este parque en el año 930.
Para ir a visitar tal explanada -que en realidad tiene poco que ver, sólo tienen una bandera ondeando- hay que pasar por una de las zonas más extrañas y curiosas que he visitado en mi vida: Un camino hecho en una falla tectónica.
El cañón que hace la falla se llama Almannagjá -sí, los nombres los copio de Wikipedia- era usado para hacer mercados en ella. Incluso hubo una carretera hasta mediados de los 60 cuando, debido a un terremoto, se abrió un boquete importante…
El cañón impresiona más en fotos que una vez allí, pero no deja de llamar mucho la atención meterte entre esas piedras negras.
Tras pasar por el cañón, llegar a la bandera y hacer alguna foto más a las vistas, ponemos rumbo a una pequeña cascada que hay en el parque y que cuyas aguas terminan atravesando otro cañón existente en la zona.
Drekkingarhylur y Cascada Öxarárfoss
De camino a ver la cascada nos encontramos con un estanque de agua que nos llamó mucho la atención, más por la historia que por otra cosa.
La traducción de Drekkingarhylur es algo así como la «piscina de ahogamientos». Así tal cual.
En ella ahogaban a las mujeres que cometían adulterio, infanticio, perjurio… Y a ladrones.
Curiosamente si algún ladrón se libraba de morir, tenían prohibido visitar la zona donde cometieron el delito y si algún familiar de la persona atacada lo veía por la zona, tenía derecho a matarlo.
Al llegar a la cascada y tras haber visto Gullfoss, Öxarárfoss nos parece poca cosa.

Llama la atención más por el hecho de por dónde transcurre el agua que cae de ella que por otra cosa. Una visita curiosa pero que no tiene nada más reseñable.
Además, justo nos coincidía que teníamos el sol detrás de la cascada, así que las fotos se hicieron especialmente complicadas.
Si estás por la zona o la ruta de senderismo que hagas te acerca a ella, hazlo. Pero poco más.
Empezaba a anochecer y nuestro siguiente hotel quedaba en Borgarnes, a una hora del parque. No queríamos llegar muy tarde porque queríamos comer de restaurante -donde nos dimos cuenta que sí, de verdad es carísimo comer en Islandia- y dormir… Porque el día fue agotador por lo poco que habíamos dormido -de 3 a 8-.
Así que nos dirigimos al coche, ponemos el GPS y ¡carretera!
El día 2 se plantea interesante. Taca conocer la península de Snæfellsnes.
Comer en Islandia
Decidí hacer un apartado de esto porque da para mucho que hablar.
El año pasado habíamos hecho un roadtrip por Suiza -que espero poder contar por aquí también- donde íbamos avisados de que era caro. Y efectivamente lo es.
Pero Islandia es otro nivel. Ya no sólo por el hecho de que no hay suficientes restaurantes -fuera de Reijkjavik, claro- donde se pueda comer relativamente barato -hablo de igual, 30 euros por persona-, es que los que hay, siendo precios «normales» para Islandia, son escandalosamente caros.
El día que comimos en Borgarnes, nos recomendaron un restaurante -The Settlement Center- donde la comida estaba no buena, estaba exquisita.

Pero los precios a los que están acostumbrados los islandeses se alejan por mucho de lo que estamos acostumbrados los «terrenales». Hablamos de 45 euros por persona por 2 sopas, 2 pescados y un postre a compartir -el agua no te la cobran-. Y eso teniendo en cuenta que el cambio de divisa era relativamente favorable -un euro, alrededor de 140 coronas islandesas-.
Así que, como íbamos con preaviso -aunque sin creérnoslo mucho-, llevamos jamón serrano y lomo… Y menos mal.
Al día siguiente, al salir del hotel fuimos a una cadena de supermercados a comprar pan, skyr -una especie de yogur islandés buenísimo-, queso y alguna cosa más para comer -y desayunar-. Y ojo, que aún siendo cosas de supermercado, siguen siendo caras.
La comida en general en este país es carísima.
El supermercado en Islandia que recomienda todo el mundo y que es el más barato es Bonus. Nosotros, por cuestión de horarios -los Bonus cierran a las 18 horas-, tuvimos que visitar un par de veces otro: Netto.
Así que sí, id avisados. Comer en Islandia es carísimo. Pero mucho. Sea un bocata -2500|3000 coronas, unos 18-25 euros- o un café -400|500 coronas, es decir, unos 3-4 euros-.
PD. Si quieres seguir leyendo, este es el post siguiente.